Aunque se va perdiendo, porque últimamente se celebran pocas, en mi pueblo es costumbre ir los vecinos al atrio de la Iglesia a ver a los novios en el día de su boda. Me encantan las bodas y me producen una dulce emoción, aunque los contrayentes no sean de mi familia ni personas próximas a mí. Lo que no puedo entender es el proceso interesado que, en muchas ocasiones, se lleva a cabo y sin ningun tipo de pudor, a costa de los invitados. Hace poco me he enterado de una nueva modalidad. Se trata de una segunda oportunidad de hacer fiesta y, de paso, juntar de nuevo unos dinerillos, que nunca vienen mal. Este es el caso de una pareja que, en su día, decidieron casarse únicamente por lo civil. Celebraron su boda compartiendo mesa y fiesta con sus invitados, como es lo habitual. Los invitados pasaron por caja, tal como figuraba en las instrucciones de la invitación. Pero, mira tú por donde, cuatro años después del evento, esta feliz pareja, padres de dos hermosos niños, deciden que les apetece casarse también por la Iglesia. Hasta aquí todo normal. Se lo pensaron durante un tiempo, decidieron que están bien juntos y quieren refrendar su unión civil con el vínculo Sacramental. Perfecto. Pero esta segunda parte es un volver a empezar: envío de invitaciones a diestro y siniestro, número de cuenta para los ingresos "voluntarios" de familiares, amigos, conocidos, compañeros de trabajo, etc. Comentario general: "Estos tienen algún proyecto y les viene bien un refuerzo económico. A recaudar fondos. ¡Vaya cara dura!... Segunda boda... Y dentro de un año otra por el rito Zulú, no te digo...Yo paso.
El día elegido para la ceremonia muchos de los invitados tenían otros compromisos y ocupaciones y no pudieron asistir. Les acompañó un reducido número de familiares.
sábado, 20 de noviembre de 2010
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