Cada cierto tiempo aparece de nuevo la noticia de personas que han sido atacadas por perros de raza agresiva, como ha vuelto a ocurrir hace pocos días. En ocasiones los atacados han sido niños y no es raro que los animales agresores conviviesen con la familia. La imagen tradicional del perro amigo fiel, compañero de juegos, querido, que da cariño y compañia, de una raza noble y pacífica o sin un origen claro, fruto de cruces varios, pero fiel y entrañable, nada tiene que ver con estos hechos. Desde hace algunos años se ve una preocupante aficción por la posesión de ejemplares de ciertas razas que han demostrado ser peligrosas. Solo en este año hay 5 fallecidos por los ataques de estos animales. Posiblemente no estén en el entorno adecuado y algo altera su comportamiento, pero no es fácil entender el empeño por poseer ejemplares de estas razas conviviendo en el hogar y corriendo riesgos innecesarios.
Dicen algunos expertos que quizás es el afán de ciertos tipos de personalidad por experimentar una sensación de poder y dominio, materializado en el manejo de estos animales conflicitivos, así como demostrar su capacidad para lograr lo que otros no se atreven a intentar o no han podido conseguir. Que tal vez es el mismo sentimiento que transforma a muchos cuando van al volante de un vehículo, que se molestan e irritan si alguien les adelanta y su objetivo es correr más que nadie, aún a costa de poner en peligro la seguridad y la vida de los demás y la suya propia.
Cuando se trata de acciones que conllevan riesgos que se pagan a tan alto precio, se impone la seria reflexión y la cordura y no se puede confiar en "Yo sé lo que hago, eso a mí no me va a ocurrir".
miércoles, 24 de noviembre de 2010
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