Estamos ya en tiempo de bodas. La primavera-verano es la época preferida para estas celebraciones y no sólo para los novios es motivo de ajetreo y preocupación. Los invitados tienen también su buena parte de cavilaciones: a ver que me pongo, que el año pasado fuí a tres bodas y tengo los trajes maravillosos, pero claro, vamos a coincidir el mismo grupo de amigos y no puedo repetir modelo. Ese día, algunos se empeñan en vivirlo de manera principesca y tienes que estar a la altura del ambiente. Por otra parte, aunque con la crisis no ando muy sobrada de dinero, tampoco puedo comprar el vestido en cualquier baratillo porque mis amigas ya están haciendo su búsqueda particular y saben los precios de todo lo que hay, así que lo que yo lleve va a ser identificado y no puedo bajar el nivel. Luego está el regalo, bueno el cheque, porque con la moda de incluir el número de cuenta en la invitación, hay un mínimo al que no puedes escapar. En el regalo puedes ahorrarte un pellizco si sabes buscar la pieza aparente que está bien de precio, o unos amigos te hacen descuento, o lo compras en unas rebajas. Podrías quedar bien y gastar un poco menos, pero con lo del ingreso en la cuenta no tienes escapatoria, o cumples o tu prestigio queda por los suelos. Las cuentas tienen que salir. Una vez más se resentirán mis vacaciones, menos días y más austeras.
Cuando te invitan hacen constar que eres uno de los elegidos por ser especial y quieren que estés presente en ese momento tan importante de sus vidas, pero desde que me encontré el número de cuenta bancaria en la invitación, sugiriéndome sutilmente que haga un ingreso, dejé de creer en esas buenas palabras. Del asombro pasé a la incredulidad. No era posible tanto descaro. Pero sí, era verdad y te lo dicen con toda la naturalidad, como si eso pudiera ser considerado normal. Resumiendo, la situación es clara: me invitan, pago mi gasto y un poco más, tengo que comprarme ropa y complementos, que voy almacenando y a los que no voy a sacar partido en proporción a lo gastado y, a veces, esa relación con los novios, pasado algún tiempo, resulta menos amistosa y profunda de lo que yo creía.
Hace bastantes años, en las bodas se hacian regalos prácticos para ayudar a la nueva pareja a equipar su casa. Era una forma de colaborar en una economia que, no siempre era boyante y que, de pronto, requería un montón de gastos. Actualmente nadie permite que invadas su hogar colocando algo que ellos no han elegido. Me parece bien, todos tenemos derecho a crear nuestro lugar ideal y, a veces, hay regalos que tienen que pasar directamente al armario de los adefesios y sacarlos sólo cuando viene de visita el que tuvo la felliz idea. Para remediarlo se idearon las listas de boda que, en muchos casos, resultan útiles: el que compra sabe que acierta seguro y el que lo recibe queda satisfecho, además algunos establecimientos le dan a los novios una compensación económica en función del gasto realizado por los invitados, lo cual es un regalo añadido.
De todas maneras, se mire como se mire, esto de las bodas ha pasado a ser un negocio en el que a los que pagan se les llama "Invitados". Es cómico. Bueno, luego te regalan un espejito, bandejita o mini-cenicero con sus nombres grabados, lo que hace que tengas que disponer de un cajón especial para guardar estos "recuerdos". Muchas veces te preguntarás qué hacer con ellos.
En una sociedad sobrada de cosas materiales, si no necesitas nada ¿para que quieres regalos? Si te viene bien el dinero, pues ahorrártelo sería una buena solución y haz una boda a la medida de tus posibilidades. Con 50 allegados seguro resulta mucho mejor que con 500, no podrias dedicar más de 2 segundos a cada uno y a algunos ni los verás. Y, cuando pasados 5 años mires las fotos, empezarás a preguntarte ¿quiénes son éstos que están en la mesa de Laura? y éste de aquí ?. No lo recuerdo.
lunes, 10 de mayo de 2010
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